martes, 23 de mayo de 2017

Masturbación terapéutica contra la masculinidad y autoestima


Mira a esos hombres, cariño. 


Esos son hombres de verdad, ¿ves?


Observa bien sus pollas. 
Son impresionantes, ¿eh? 
Te intimidan, ¿a que sí?


Lamer una polla así es lo que cualquier mujer desea. 


Tu mujer también sueña con chupar un pollón de esa envergadura, ¿sabes?



No puedes competir con un macho así. 
Son tíos que hacen que cualquier chica se gire para contemplarlos. 
Tú no llamas la atención como un hombre de esa clase. 
Tú pasas desapercibido en todos los sentidos.


Una polla gorda te hace flaquear, ¿entiendes? Te obliga a adoptar una posición de pasividad y entrega.
Y eso nos vuelve locas a las chicas. 


Las mujeres claudicamos ante una impostura tan taxativa.


Comprendes que no me pueda conformar con tu mediocridad.

¿Verdad?


Necesito sentir el vigor de un macho de verdad. 
Tú no tienes ni el empuje, ni el cuerpo, ni la personalidad, ni la polla para penetrarme así.


Imagínate yo arrodillada frente a un tío como éste.


Lamer ese torso bronceado y sudado, por Dios.



Ufff. Se me hace el coño agua de pensarlo.


Quiero meterme con un negro en la cama, cariño.


¿Te parece este tío suficientemente hombre para mí?
¿Qué opinas?


Quiero saber lo que se siente al ser poseída por un animal hinchado de testosterona.


Tú eres un patético desecho de estrógenos e inseguridades.
Yo quiero un hombre que me despliegue mis más recónditos deseos por dentro.


Que me llene este vacío que tú no puedes ni sabes cubrir.


Míralo bien, maridito. 
¿Te hace sentir inferior?


Es normal que sientas ese cosquilleo humillante en el estómago.
Es la aceptación natural.


Sabes que eres el perdedor genético.


Pero tú quieres a tu esposa, ¿verdad pequeñín?


Harías cualquier cosa por hacerme feliz, ¿cierto?


¿Me dejarás entonces insinuarme a otros hombres?


Me tienes muy insatisfecha y necesitada de un macho. Eso lo asumes, ¿verdad?



No eres imbécil, sabes mirarte en un espejo y comparar esto...



...contigo.


¿Te imaginas que meta un hombre así en casa mientras tú estás en el trabajo?


¿Me lo merezco o no? Dime.


Te enviaría fotos de él al móvil y te desafiaría a ser un hombre e impedir que me convierta en su puta.


Luego te llamaría y dejaría el manos libres conectado para que oyeras cómo se corre tu mujer con una buena polla metida en el coño.


Al volver a casa me agradecerías haberte hecho un cornudo.
Como buen perrito, fiel y sumiso.


Porque eso es lo que eres.
Un marido sumiso, perdedor, inútil y cornudo.


Tú no puedes hacerme gozar.


Necesito un hombre que me vuelva loca de placer.


Una polla así, por favor.



Me correría como una boba con tan sólo poder manosear un pollón así.


Perdería la razón al sentir cómo ese extraño invade nuestro matrimonio, agitando nuestra monótona paz, removiendo nuestra aburrida zona de comfort con su implacable miembro varonil.


Quiero vaciarme y temblar con las piernas abiertas.


Necesito entregarme a un hombre que sea capaz de derretirme con tan sólo verlo desnudo.


Necesito saber lo que es sentirte excitada por la impresión de sostener una gran polla entre las manos. 
Sé que me entiendes, cariño.


Perderme entre ese pecho peludo.



Sentir el vello de esos abdominales contra mis nalgas.


Impregnar nuestra cama de matrimonio con el sudor y la arrogancia de un hijo de puta 
intratable y jactancioso.
Y que te llame maricón mientras me folla. 


La inconfesable consagración de toda mujer casada con un perdedor como tú. 


Sentirse poseída por la desbordante presunción de supremacía.


La cachondez líquida y venérea de dejarte follar por un verraco sin domar.


Joder, cariñito. Lamerle el pulgar a un tío así es más lujurioso que cualquiera de tus lamentables intentos por satisfacerme.


Mira a esa puta disfrutando con los cuernos que le está poniendo a su marido en la noche de bodas.


¿Tú también quieres que 
yo disfrute igual? 
Creo que me lo merezco, vamos. 


¿Quieres ver en mi cara esa expresión de plenitud?



Ay Dios mío.
¿Me das permiso para convertirte en un cornudo apaleado?


¿Puedo correrme como una perra callejera con nuestro vecino?




¿Consientes que me disuelva de gusto con tu mejor amigo?



¿Prefieres acaso que me licúe de lujuria sobre mi jefe?


¿O mejor con tu jefe?



¿O quieres que me vista de novia y le pida a mi cuñado que me vuelva a hacer sentir como una virgen?




Te gustaría estar delante y oír cómo te digo fracasado cornudo mientras tengo un orgasmo con otro tío mucho más hombre que tú, no lo puedes negar.



Lo sé, amorcito. Lo sé.


Te volvería loco oír cómo le pido a un negro que me folle, ¿verdad? 
¿Y si se lo pidiera por favor?
Ese gesto de educación te mataría, ¿mmm?


¿Te gustaría oírme suplicar a un enemigo tuyo que no pare de joderme?




¿Estás pensando en alguien en especial? 
Dime, pequeñín.


¿Tal vez algún abusón que se reía de ti en el instituto?
¿Permitirías que un chico malo que te llamaba marica cuando eras un jovencito imberbe y lleno de conflictos sin resolver me meta su inmensa polla en mi coño casado?



Oh sí, te pone cachondo que indague en tus debilidades más inconfesables. 
Mira lo durita que se te pone la pichita.
Cuando tratas de follarme, eres incapaz de mantener una erección decente.




Un hombre que es macho la tiene dura como una roca.


Tiene una estaca sólida y tiesa con la que atravesar a las putitas necesitadas como tu mujer.



Los hombres de verdad no se corren patéticamente a los pocos segundos como tú.





Duran y duran hasta hacer correrse a la afortunada una y otra vez.


Tú no sabes lo que es sentir a una mujer temblar en tus brazos.




Cuando se tiene una polla de verdad, consigues deshacer a una mujer cuando la penetras.


Pero a ti sólo se te pone dura con la idea de verme cabalgar a otro tío delante de tus narices.


Eres tan poco hombre que ni siquiera debería permitirte tener un orgasmo. 


Observa bien el embutido de venas que tiene ese hombre y reconoce que eres inferior a él.
¡Vamos!



¡Dilo! ¡Di que deseas que un macho así se folle a tu mujer!




¡Dilo mientras te arruino el orgasmo!
¡Quiero oírlo, maricón!


Quiero que digas en voz alta: ¡Quiero llegar a casa y sorprender a mi mujer meándose de gusto sobre  la polla de algún compañero de trabajo!



Con el tío más engreído, prepotente y gilipollas de la oficina.
Mira cómo se corre el cornudo.



Ya está, vierte tu semen inútil sobre el suelo. ¿Piensas que tú  no puedes hacer que ninguna mujer se mee de placer, verdad? Lo sé, lo sé. Llevas razón.


Eso lo hacen sólo los hombres, no los cornudos patéticos y nenazas como tú, ¿verdad?


Anda, ahora límpiate que te voy a sodomizar un poco para seguir con la terapia y anular de ese modo cualquier resto de hombría que te haya quedado latente.